En el panorama actual del mezcal, algunos de los destilados más celebrados no provienen de una sola especie de maguey, sino de dos, tres o más variedades cocidas y destiladas juntas.
¿Cómo llamarlos? El debate sigue abierto.
El término más directo en español es mezcla, aunque algunos productores prefieren evitarlo para no generar confusión en el consumidor. Otros adoptan ensamble, palabra heredada del mundo del vino. Sin embargo, a diferencia de la práctica vinícola —donde la mezcla suele realizarse después de la fermentación—, en el mezcal tradicional la combinación ocurre desde el origen: las piñas se hornean juntas y el proceso continúa como una unidad.
Más allá de la terminología, estas expresiones representan hoy una categoría sofisticada dentro del mercado. Suelen ofrecer perfiles complejos, estructurados y armónicos, y ocupan un lugar destacado en cartas de bares especializados y colecciones privadas.
Un regreso a los orígenes
Curiosamente, esta “vanguardia” puede ser también una forma de tradición.
En los inicios del mezcal oaxaqueño, es probable que los primeros destilados hayan sido mezclas accidentales. Los productores cocían los magueyes disponibles en su entorno, sin segmentarlos estrictamente por especie. La lógica era práctica y agrícola, no comercial.
Además, desde una perspectiva ambiental, trabajar con distintas especies reduce la presión sobre un solo tipo de maguey y favorece una dinámica más sostenible. Diversificar no solo enriquece el perfil sensorial, sino también el ecosistema.


